El impacto real de la paz interior. Parte I: la importancia de diferenciar entre deseos y necesidades

A menudo, cuando hablamos de paz interior, pensamos en relajarnos, en dejar ir el estrés, en tener un momento para nosotros mismos, en cultivar buenas costumbres… sin embargo, nos suele costar encontrar un sentido más profundo de los beneficios de la cultivación de la paz interior. Podemos entender que si conseguimos ser seres más pacíficos, conseguiremos también impactar más o menos a nuestro entorno de una forma positiva. Pero seguimos mostrándonos algo cínicos ante la posibilidad de aceptar que trabajar de esta manera en nosotros mismos pueda tener un impacto mayor a gran escala…

Hace unas semanas, un buen amigo (fundador de la organización Culture Clash que invita a los jóvenes a participar en la construcción de la paz) me invitó a la Casa de la Humanidad de La Haya, en Holanda, para facilitar una serie de reflexiones sobre la importancia de la paz interior durante el Día Internacional de la Paz.

La reflexión giró en torno a la relación entre la paz interior, la paz medioambiental y la paz social. Comenzamos preguntándonos y tratando de definir qué son cada uno de estos tipos de paz y tratando de encontrar de qué manera una impacta en la otra, comenzando por uno mismo y llegando a una escala global.

Para ponerlo de forma breve y sencilla: imaginemos que el mundo es una gran tarta de chocolate y que lo que cada persona busca a nivel individual en su vida, es poder comer un trozo de esa tarta porque eso le hace feliz. Sin embargo, muchas –quizá demasiadas- personas tratan de comerse un trozo más grande para así ser más feliz aún de lo que creen que pueden ser y por tanto, pasan a quitar algo de tarta a los demás. Como resultado, esta realidad en la que unos comen el trozo de tarta de otros, causa conflictos, llevándonos a pensar que la forma en la que uno hace crecer su felicidad, afecta directamente a la capacidad de otros de cultivar la suya.

Pero ¿qué es la felicidad? He ahí el quid de la cuestión. ¿En qué consiste la felicidad? ¿En satisfacer nuestras necesidades o en satisfacer nuestros deseos? ¿Sabemos diferenciar bien entre necesidades y deseos?

Aprender la diferencia entre necesidades y deseos es vital, a la hora de crecer como personas generosas o egoístas. Si deseamos identificarnos con la etiqueta de la generosidad, entonces deberemos aprender que la felicidad puede estar en los pequeños detalles de la vida como en tener necesidades que damos por sentado cubiertas -como tener un hogar, por ejemplo- evitando así hacer que nuestra felicidad radique en otros detalles no tan básicos –los deseos-. ¿Pero por qué? ¿Por qué mis deseos pueden afectar a los demás?

Piensa tú mismo y seguiremos hablando de ello en el siguiente post…

 

Aprendiendo de las necesidades reales de las personas en la vida

Hace unos años escribí en este mismo blog sobre la compasión y la empatía. Me acordé hace poco pues volví a pasar caminando por la Cocina Económica de mi ciudad natal, lugar que me inspiró para escribir sobre el tema.

Comparto hoy, varios años después, la misma reflexión.

Nací a final de los años ochenta y mientras me criaba en los 90, recuerdo el crecimiento de las tecnologías de la información y la comunicación a mi alrededor. Pasamos de no tener teléfono a tenerlo, de tener un teléfono con cable a tenerlo inalámbrico, de escribir notas a mano a mandar faxes, de redactar en máquinas de escribir a comprar ordenadores, de computadoras de sobremesa a portátiles, de enciclopedias de papel a internet y así un largo etcétera.

Era yo adolescente cuando los teléfonos móviles empezaban a llegar a nuestro mercado y pronto, todos los jóvenes empezaban a dejarse ver con uno. Naturalmente, como yo no quería ser menos que el resto de los niños de la escuela, también les pedí a mis padres que me compraran un teléfono móvil, y, por supuesto, dijeron que no.

Pero tras varios meses observando a mis amigos juguetear con aquellos aparatos (que de aquella solo permitían llamar y mandar mensajes de texto), sucumbí a la tentación y decidí comprar uno yo misma por Navidad. La felicidad fue instantánea, al igual que el miedo en pensar en la reacción de mis padres.

¡Y qué reacción!

Me hicieron pasar el día de Navidad en aquella Cocina Económica de mi ciudad, que recientemente volví a ver al salir a pasear. Y dijeron: “ahora aprenderás cuáles son las necesidades reales de tantísimas personas en la vida, y verás que tener un teléfono móvil no es una de ellas”.

Aquella fue una lección dolorosa, pero cambió mi vida. Servir la comida a personas sin hogar me ayudó a desarrollar mi sentido de la empatía y la compasión hacia los demás.

Y tú, ¿has tenido alguna lección inesperada en la vida que te ha ayudado a abrir los ojos hacia un nuevo yo?

La importancia de cambiar narrativas

Hace unas semanas tuve el placer de facilitar un foro organizado por UNOY Peacebuilders, una red a la que World Peace Initiative y Peace Revolution pertenecen y que se dedica a englobar organizaciones formadas por jóvenes y para jóvenes, con el objetivo de trabajar en el activismo de la paz.

Se trata de un foro que se organiza cada año en torno a una temática diferente y que reúne en torno a medio centenar de activistas de todo el mundo que vienen en representación de organizaciones que forman parte, o no, de la red UNOY.

Este año la temática era en torno a las narrativas y la importancia de cambiarlas. Es decir, tratamos de hacer que los participantes fueran más conscientes de las narrativas que dan forma a su vida y a su forma de entender a los demás, para que así comprendieran el peligro que éstas pueden suponer a la hora de generar ideas preconcebidas sobre terceros y el obstáculo que pueden suponer, por tanto, en la generación de conflictos, o en la incapacidad de aplicar soluciones a los conflictos ya existentes.

Todo el foro giró en torno a ejercicios, reflexiones, debates, conversaciones… que ayudaran no solo a crear una consciencia colectiva sobre este tema, sino que también motivaron a los participantes a buscar cuáles son las nuevas narrativas que desean instaurar en su entorno y pensar en proyectos que puedan ayudarles a extender estas nuevas ideas.

Uno de los ejercicios de reflexión que se hicieron, incluían el visionado de un TED talk de Chimamanda Adichie, escritora, novelista y dramaturga feminista nigeriana, que habla sobre el peligro de lo que ella llama “la historia única”, o lo que es lo mismo, el tener una sola versión sobre un acontecimiento que atañe a más de una persona.

Así, fijando nuestra atención en una única versión de una historia, es como creamos estereotipos, como juzgamos a otras personas, como somos incapaces de tratar de entender al otro, como no conseguimos resolver conflictos…

Aquel fue un ejercicio de reflexión interesante, pues me hizo pensar en algunos conflictos en los que me he visto envuelta y donde hace tiempo ya, aprendí gracias a la meditación, a verlos de otra manera. Bien es sabido que con la práctica de la meditación trabajamos la empatía; aprendemos más sobre nuestras emociones, con lo que entendemos mejor las de los demás. ¿No es acaso eso lo que necesitamos hacer para comprender “al otro”? Para entender de dónde viene, por qué se siente de la forma en la que dice sentirse, por qué actúa como actúa… ¿No se trata acaso de un entendimiento base para acercar posturas y tratar de encontrar la solución a los problemas que causamos y que son origen de separación en primer lugar? 

¿Y tú? ¿Puedes reflexionar sobre los conflictos que te rodean? ¿Puedes pensar en cómo trabajar tu empatía para comprender al otro y dejar ir las injustas narrativas que bloquean tu capacidad de resolverlos?

Cómo atraer energía de paz a tu vida

Me llevó muchos años encontrar las palabras para definir el estado de felicidad. Creía saber lo que era la felicidad, o quizá lo sabía por descarte por todas las ocasiones en las que no sentía esa sensación de plenitud. Pero quizá no entendí el verdadero significado hasta que empecé a meditar y no solo aprendí lo que era la paz interior y cómo generarla para mí misma, si no que empecé a saborear sus mieles y a comprender, por tanto, su importancia.

Fue cuando empecé a meditar, decía, cuando me di cuenta de que la felicidad era sinónimo de paz. De que ser feliz era en realidad estar en paz y de que cuando me sentía en paz, tenía la mayor sensación de felicidad al margen de cuál fuera la situación. Y así fue como empecé a valorar los pequeños momentos de felicidad y paz que tenía en mi vida, en contraposición con las grandes metas y vivencias que uno se supone que ha de tener para sentirse feliz.

A través de la práctica de la meditación, aprendí a vivir de una forma más mindful. Y así fue como esclarecí cuáles eran los pasos que me funcionaba poner en práctica para atraer la paz a mi día a día y con ello sentir una profunda felicidad. ¿Y qué mejor que pequeñas dosis de felicidad a diario?

  • Empezar el día meditando: sí, da pereza; sí, siempre tenemos muchas cosas que hacer… pero merece MUCHO la pena. Aplicar cierta disciplina y voluntad para sobreponernos a la frustración que nos puede generar establecer un nuevo hábito de vida es la forma de conseguirlo… y ¡no es para tanto! Luego, ya no supe dejar la práctica. Empezar todas las mañanas sonriendo ¿quién prefiere lo contrario?
  • Dejar ir la sensación de necesitar estar en control: sentir que necesitamos estar en control de absolutamente todo lo que rodea nuestra vida es una sensación común para encontrar seguridad. Sin embargo, con ella sobrecargamos nuestras capacidades hasta que acabamos prefiriendo no estar al cargo ¿cuántas veces no habremos disfrutado más de la simpleza? Dejar de pensar en el pasado y en el futuro, pues el uno no se puede cambiar y el otro no existe aún; y, disfrutar de la ligereza del no saber estar -ni querer estar- siempre al mando de todo es, sencillamente, maravilloso.
  • Aprender a ver el aspecto positivo de cada situación: muy a menudo tendemos a magnificar nuestros problemas y centrarnos mucho en ellos hasta hacerlos epicentro de nuestras vidas. En cambio, en muy pocas ocasiones prestamos esa atención a las buenas noticias que nos rodean. Hacer el ejercicio consciente de ver la positividad en cada situación es magnífico y gratificante.
  • Tratar a los demás de la misma manera en la que me gustaría que me trataran a mí: hubo una gran parte de mi vida en la que ni me fijaba quien pasaba a mi alrededor. Según aprendí a ser más consciente de mi propia existencia, empecé a serlo de la de los demás y empecé a sentir curiosidad por cuáles serían las circunstancias de vida de cada persona. Así, empecé a desarrollar cierta empatía que me ayudó no solo a tratar mejor a aquellos que no conocí sino también a aquellos con quienes no había logrado tener una buena relación. Aprendí que sembrar lo que uno quiere para sí mismo, es importante y empecé a disfrutar horrores de pequeños detalles como sonreír a los demás aunque aparentemente no hubiera una razón para ello. ¡Ser amable es gratuito y sienta bien a ambas partes!

Así fue como aprendí que la vida se puede vivir en dos estados: en paz o en resistencia. Y que yo prefería vivirla en paz y poner en práctica pequeños pasos que me ayudaran a conquistarla de forma diaria.

¿Cuáles son los pasos que te funcionan a ti? ¿Crees que algunos de esos se asemejan a ti y que podrías ponerlos en práctica? Sea como fuere, ¡no te demores en encontrar la forma de vida que te atraiga paz interna, porque será la forma en la que consigas llegar a ser feliz!

¿Pueden los animales y árboles mostrar empatía y altruismo?

La empatía es una parte genuína de nuestra propia naturaleza. De hecho, podemos mejorar esta cualidad entrenando nuestro cerebro  a través de la práctica de la meditación enfocada en la atención plena y la bondad amorosa. Pero, ¿somos los humanos los únicos seres capaces de mostrar esos trazos positivos de bondad, compasión y empatía hacia nuestros semejantes? ¿Qué sucede en otros animales y en el caso de los árboles? ¿Qué lecciones podemos aprender observando el mundo natural que nos rodea?

Empatía y altruismo en  animales 

La respuesta es que no somos únicos en ello, y observando el reino animal podemos encontrar muchos ejemplos de ayuda y colaboración mutua entre animales. En su libro “El tiempo de la empatía”, el biólogo Frans De Waal muestra innumerables relatos de comportamientos altruistas y empáticos en diversas especies de animales, evidenciados a partir de estudios científicos de grandes primates, como chimpancés, bonobos y capuchinos. Estos estudios evidencian que poseen una verdadera capacidad para la justicia y la reciprocidad;  se preocupan por sus congéneres y están dispuestos a acudir en ayuda de sus semejantes, en algunos casos poniendo en riesgo sus propias vidas.

Algunos comportamientos estudiados en chimpancés, por ejemplo, muestran también cómo estos trazos de empatía y compasión son los que mantienen la cohesión y la armonía social en los grupos. Así, individuos machos o hembras que ocupan las posiciones jerárquicas mas elevadas pueden tener papeles claves en la resolución de los conflictos en los grupos, con frecuencia interviniendo cuando las disputas entre los miembros comienzan a volverse más agresivas y ayudando a mediar en la reconciliación. Estos individuos son, entonces, extremadamente importantes en el mantenimiento de la paz y la supervivencia de los miembros de sus grupos.

Pero, ¿y las plantas? “The Wood Wide Web”

Wood Wide Web por “Hiking Artist”

Recientemente, ha sido descubierto que la empatía es un rasgo ancestral caracteriza no solamente a los animales, sino también a las plantas. Estudios realizados por Suzanne Simard quien lleva más de 30 años investigando la comunicación entre árboles en bosques templados,  nos muestran como los árboles tienen un intrincado sistema de comunicación en el suelo a través de sus raíces que se extiende inclusive por kilómetros en el bosque, como si fuera una inmensa red secreta subterránea; esta red ha sido llamada como “la amplia red de madera” (en inglés, “The Wood Wide Web”).  Este sistema de comunicación y de intercambio de información por redes es verdaderamente brillante: se llama “micorriza” y consiste en la estrecha relación que mantienen las raíces de los árboles con un tipo de hongo que crece alrededor de ellas, y que promueve la comunicación entre un árbol y otro, permitiendo incluso que distingan entre los que son sus parientes directos y los que no. 

Este sistema de comunicación es tan completo y efectivo que ayudan considerablemente en supervivencia de los árboles, ocurriendo acciones coordinadas ante emergencias y de solidaridad notables. Así, estas redes subterráneas entre raíces y hongos les permite transferir nutrientes, compartir información sobre peligros como las plagas, y también les permite atacar con químicos tóxicos a plantas invasoras o animales depredadores. Cuando un árbol se siente amenazado por una plaga (ataques de insectos, por ejemplo) o por otras plantas como malezas, lanza una señal a los demás árboles para que se produzca una barrera de protección en forma de sustancias volátiles que modifican la producción de proteínas, dándole a las hojas un gusto desagradable. 

Solidaridad en el Reino Vegetal

       Imagen: creditos 

Por otro lado, los árboles más grandes (llamados “Hubs” o “Árboles Madre”) ceden parte de sus nutrientes a los más pequeños, siendo los encargados de favorecerlos y protegerlos para su buen crecimiento. Pero esta ayuda no ocurre solamente entre individuos parientes de la misma especie, sino entre varias especies que son interdependientes, lo que representan ejemplos de solidaridad en el reino vegetal.

Al respecto, la investigadora Suzanne Simard comenta: “Todos sabemos que favorecemos a nuestros propios hijos, y por eso me pregunté si el cedro podría reconocer a plántulas de su propia especie. Así que iniciamos un experimento, en el que cultivamos árboles madre con plántulas que eran familiares y otras que eran ajenas. Nuestros resultados mostraron que ellas no solamente sí reconocían a sus parientes, sino que  los árboles madre colonizaban a sus plántulas con redes micorrizales mayores, les enviaban más carbono bajo tierra, e incluso reducían la competencia de sus propias raíces para crearle más espacio a sus hijos. También vimos como cuando los árboles madre estaban heridos o muriendo, enviaban mensajes de sabiduría a la siguiente generación de plántulas. Así descubrimos que los árboles realmente hablan entre ellos“.

Imagen de la portada:  Por Fabian Blank, tomada de Unsplash. 

Treinando nosso cérebro para ser mais empático e compassivo: é possível?



Muitas vezes ouvimos que viemos ao mundo apenas para lutar por nossos próprios interesses e nossa sobrevivência individual, mas isso é verdade? Ou será possível que, como seres humanos, tenhamos como característica instintiva a compaixão que nos move a nos preocupar com os outros? Estas são questões amplamente discutidas em diversos contextos de nossa sociedade e cuja resposta, dependendo de como é interpretada, vem criando paradigmas sobre nossa natureza como seres humanos.

Em geral, vivemos em uma sociedade que promove a competitividade, a individualidade e as lutas entre as pessoas, fomentando uma má interpretação da Lei da Seleção Natural de Darwin da sobrevivência do mais apto, às vezes inclusive levando-a situações limites. O ambiente artificial existente nas grandes cidades, acompanhado pelos avanços tecnológicos, tem favorecido essa competitividade, amplamente fomentada pelo sistema político-econômico dominante. Essa substituição pela sobrevivência econômica individual faz desaparecer o espírito empático, cooperativo e altruísta que deve nos levar, como sociedade, por um caminho mais natural. 

Mas, o que é a empatia?

A empatia não é outra coisa senão a capacidade de estar em ressonância com os sentimentos de outra pessoa. É a capacidade de identificar e compreender a situação do outro, colocando-nos “no lugar deles” e vendo as coisas não mais de nossa própria perspectiva, mas do ponto de vista do outro. Ser empático nos fornece informações úteis sobre como lidar com as pessoas. A empatia é uma característica extremamente positiva, pois pode ajudar a criar melhores relacionamentos e um mundo mais pacífico e harmonioso.

Nós somos altruístas por natureza

O biólogo Frans De Waal, em seu livro “O tempo da empatia”, nos mostra como a empatia e o altruísmo surgem em humanos e animais. Por exemplo, foi cientificamente provado que o ser humano evoluiu em um grupo, não individualmente como outras espécies. Em um próximo artigo, apresentarei evidências a partir da análise do comportamento de grandes primatas, como chimpanzés, bonobos e macacos-prego, bem como golfinhos e elefantes, que mostram que muitos animais cuidam de seus companheiros e estão dispostos a ir em ajuda de seus pares, em alguns casos arriscando suas propias vidas. Assim, a empatia seria uma característica ancestral que caracteriza animais e homens, o que contradiz a visão sombria da natureza humana proposta por alguns (como observou o famoso psicólogo Sigmund Freud).

Um cérebro empático e compassivo: é predeterminado ou pode se desenvolver?

Agora, a evolução e o mundo natural nos mostram que a condição de empatia e altruísmo em relação aos outros é algo que é parte de nossa própria natureza, mas é inegável que podemos ver à nossa volta que algumas pessoas têm uma tendência ou capacidade maior que outras para expressar e colocar em prática essas características. Então, será que essas habilidades são algo fixo e predeterminado ou podemos desenvolvê-las e melhorá-las ao longo da nossa vida?

Do ponto de vista neuro-fisiológico, a empatia é a capacidade de estar em ressonância neural com os sentimentos de outra pessoa. Estudos realizados pelo renomado Instituto Max Planck, na Alemanha, mostraram que alguns dos processos autônomos (inconscientes) do nosso corpo passam por mudanças quando uma pessoa “entra em ressonância” com outra. Exemplos disto são o fato de que nossas pupilas se dilatam ou contraem, nossa temperatura aumenta e o ritmo de nossa respiração se vê alterada, entre vários outros. A parte responsável do cérebro para isso é chamada de “gyrus supramarginal direito”, e é uma parte do córtex cerebral que se localiza aproximadamente na junção dos lobos parietal, temporal e frontal. Quando esta região do cérebro não funciona adequadamente, ou quando temos que tomar decisões particularmente rápidas, nossa capacidade empática e para a compaixão são drasticamente reduzidas, segundo descobriram os pesquisadores. Essa área do cérebro nos ajuda a distinguir nosso próprio estado emocional do de outras pessoas, revelando algo incomum: que a empatia poderia estar representada por estruturas cerebrais e populações de células. Fantástico, não é?

Como os circuitos neurais do nosso cérebro são maleáveis ​​e podem ser reconectados através da neuroplasticidade, a tendência da empatia e da compaixão não é fixa. Todos nós devemos praticar “nos colocando no lugar” de outra pessoa para reforçar as redes neurais que nos permitem conectar-nos de maneira positiva aos sentimentos e circunstâncias dos outros. Felizmente, essas descobertas nos fornecem evidências precoces de que a compaixão é uma habilidade que pode ser treinada, em vez de um traço estável e predeterminado no nascimento, como se pensava anteriormente. Isso poderia ser aplicado em vários aspectos, onde é necessário melhorar as relações e a comunicação, como em diferentes áreas, como saúde, educação e nos negócios.

Treinar nosso cérebro: tão fácil quanto sentar-se, fechar os olhos e meditar!

Vários estudos no campo da neurociência mostraram que, através de técnicas de meditação, podemos realmente “treinar” nossa capacidade de sentir compaixão e empatia pelos outros, como se fosse um músculo do nosso corpo. Nesse sentido, áreas de nosso cérebro mudam quando o treinamos para ser mais compassivo através da meditação e, como resultado, a química do nosso cérebro muda ativando áreas que não eram anteriormente.

Não há respostas fáceis sobre como aumentar a consciência das pessoas e a resposta empática. No entanto, ao adotar novos hábitos que mudam as escolhas de mentalidade e comportamento feitas no dia-a-dia, qualquer pessoa pode reconectar seu cérebro para ter mais empatia.

Um desses hábitos que permitem o treinamento da compaixão, como vem sendo demonstrado cada vez mais, é o treinamento rigoroso da atenção plena e a meditação da bondade amorosa. Esta prática, embora muito poderosa, é muito fácil de fazer. Tudo o que você precisa é tomar alguns minutos todos os dias para sentar-se em silêncio e sistematicamente enviar pensamentos carregados de amor, bem-estar e compaixão para:

1) família e amigos;

2) alguém com quem você tem tensão ou conflito;

3) estranhos e todos os seres vivos ao redor do mundo que possam estar sofrendo;

4) por último, conecte-se com o sentimento de compaixão, perdão e amor para consigo mesmo.

Fazer esta prática simples de 4 etapas reconecta literalmente seu cérebro, envolvendo conexões neurais ligadas à empatia. Você pode sentir que os vasos em seu cérebro mudam e se abrem para a empatia apenas passando alguns minutos passando por essa prática sistemática de meditação.

Quanta leveza e alegria é saber que podemos melhorar nossa capacidade de amar e interagir positivamente com aqueles que nos rodeiam todos os dias. Você e eu somos o resultado de quatro bilhões de anos de evolução bem sucedida. Vamos agir como tal! 

 

 

Entrenar nuestro cerebro para ser más empático y compasivo: ¿es posible?

Con frecuencia escuchamos que hemos venido al mundo sólo para luchar por nuestros propios intereses y nuestra supervivencia individual, pero, ¿será esto cierto? ¿O, será posible que como seres humanos tengamos como característica instintiva la compasión que nos mueve a preocuparnos por los demás? Estas son preguntas ampliamente discutidas en diversos contextos de nuestra sociedad y cuya respuesta, dependiendo de cómo sea interpretada, ha venido creando paradigmas a cerca de nuestra naturaleza como seres humanos.

En general, vivimos en una sociedad que promueve a la competitividad, la individualidad y las luchas entre las personas, fomentando una mala interpretación de la selección natural de Darwin de la supervivencia del más fuerte. El entorno artificial existente en las grandes ciudades acompañado de avances tecnológicos, han venido favoreciendo esta competitividad, en gran parte fomentada por el sistema político-económico dominante. Esta sustitución por la supervivencia económica individual hace desaparecer el espíritu empático, cooperativo y altruista que nos debiera llevar, como sociedad, por un camino más natural.

¿Pero, qué es la empatía?

La empatía no es otra cosa sino la habilidad de estar en resonancia con los sentimientos de otra persona. Es la capacidad de identificar y comprender la situación del otro, poniéndonos “en sus zapatos” y ver las cosas ya no desde nuestra propia perspectiva, sino desde el punto de vista del otro. Ser empático nos proporciona información útil sobre cómo tratamos con las personas. La empatía es una característica extremadamente positiva de tener, ya que puede ayudar a crear mejores relaciones y un mundo más pacífico y armonioso.

Somos altruistas por naturaleza

El biólogo Frans De Waal en su libro “El tiempo de la empatía” nos muestra de qué modo surge la empatía y el altruismo en el ser humano y en los animales. Por ejemplo, se ha demostrado científicamente que el ser humano evolucionó en grupo, no individualmente como otras especies. En un próximo artículo, presentaré evidencias a partir del análisis de la conducta de grandes primates, como chimpancés, bonobos y monos capuchinos, así como de delfines y elefantes, que nos muestran que muchos animales se preocupan por sus congéneres y están dispuestos a acudir en ayuda de sus semejantes, en algunos casos arriesgando sus vidas. Así pues, la empatía sería un rasgo ancestral que caracteriza a animales y a hombres, lo cual contradice la sombría visión de la naturaleza humana propuesta por algunos (como señalaba el famoso psicólogo Sigmund Freud). 

Un cerebro empático y compasivo: ¿es algo predeterminado o puede desarrollarse?

Ahora bien, la evolución y el mundo natural nos muestran que la condición de empatía y altruismo hacia los otros es algo que hace parte de nuestra propia naturaleza, pero es innegable evidenciar a nuestro alrededor que algunas personas poseen una tendencia o capacidad mayor que otras para expresar y poner en práctica estos rasgos. Entonces, ¿será que estas habilidades son algo fijo predeterminado o podemos desarrollarlas y mejorarlas a lo largo de nuestras vidas?

Desde el punto de vista neuro-fisiológico, la empatí es la capacidad de estar en resonancia neural con los sentimientos de otra persona. Estudios realizados por el reconocido Instituto Max Planck, en Alemania, han mostrado que algunos de los procesos autónomos (inconscientes) de nuestro cuerpo sufren cambios cuando una persona “entra en resonancia” con otra. Ejemplo de ello es el hecho de que nuestras pupilas se dilatan y/o contraen, nuestra temperatura aumenta y el ritmo de nuestra respiración se ve alterado, entre varios otros.  La parte responsable del cerebro es llamada “gyrus supramarginal derecho”, y es una parte de la corteza cerebral que se encuentra aproximadamente en la unión del lóbulo parietal, temporal y frontal. Cuando esta región del cerebro no funciona adecuadamente, o cuando tenemos que tomar decisiones particularmente rápidas, nuestra capacidad empática y para la compasión se reducen drásticamente, según descubrieron los investigadores. Esta área del cerebro nos ayuda a distinguir nuestro propio estado emocional del de otras personas, desvelando algo insólito: que la empatía podría estar representada por estructuras cerebrales y poblaciones de células. Fantástico, ¿no?

Debido a que los circuitos neuronales de nuestro cerebro son maleables y pueden reconectarse mediante la neuroplasticidad, la tendencia de empatía y compasión no es fija. Todos debemos practicar “ponernos en los zapatos” de otra persona para reforzar las redes neuronales que nos permiten conectarnos de un modo positivo con los sentimientos y  circunstancias de los otros. Por suerte, estos descubrimientos nos proveen de una evidencia temprana de que la compasión es una habilidad que puede ser entrenada, en vez de un rasgo estable y predeterminado al nacer, como se pensaba antes. Esto podría ser aplicado en diversos aspectos donde sea necesario mejorar las relaciones y la comunicación, como por ejemplo en diferentes áreas como en el cuidado de la salud, la educación y los negocios. 

Entrenando nuestro cerebro: ¡tan fácil como sentarse, cerrar los ojos y meditar!

Diversos estudios en los campos de las neurociencias han demostrado que a través de técnicas de meditación podemos en realidad “entrenar” nuestra habilidad de sentir compasión y empatía por otros, como si fuese un músculo de nuestro cuerpo.  En este sentido, zonas de nuestro cerebro cambian cuando lo entrenamos para ser más compasivos a través de la meditación, y en consecuencia, la química de nuestro cerebro cambia activando áreas que antes no lo estaban.

No hay respuestas fáciles sobre cómo elevar la conciencia de las personas y su respuesta empática. Sin embargo, adoptando nuevos hábitos que muden las elecciones de mentalidad y comportamiento realizadas en el día a día, cualquiera puede reconectar su cerebro para ser más empático. 

Uno de estos hábitos que permiten entrenar la compasión es el entrenamiento riguroso de atención plena y la meditación de bondad amorosa. Esta práctica, aunque muy poderosa, es bien fácil de hacer. Todo lo que necesitas es tomarte unos minutos todos los días para sentarte tranquilo(a) y sistemáticamente enviar pensamientos cargados de amor, de bienestar y compasión a: 1) familiares y amigos; 2) alguien con quien tengas tensión o conflicto; 3) extraños y todos los seres vivos alrededor del mundo que puedan estar sufriendo. 4) conectar con el sentimiento de autocompasión, perdón y amor propio hacia si mismo. Hacer esta práctica simple de 4 pasos literalmente reconecta tu cerebro mediante la participación de conexiones neuronales vinculadas a la empatía. Podrás sentir que los vasos en tu cerebro cambian y se abren a la empatía al pasar solo unos minutos pasando por esta práctica sistemática de meditación.

Cuanta levedad y alegría da saber que podemos cada día mejorar nuestra capacidad de amar e interactuar positivamente con quienes nos rodean. Tú y yo somos el resultado de cuatro billones de años de exitosa evolución. ¡Actuemos como tales! 

Foto tomada por Roman Kraft, en Unsplash.