Entrenar nuestro cerebro para ser más empático y compasivo: ¿es posible?

Con frecuencia escuchamos que hemos venido al mundo sólo para luchar por nuestros propios intereses y nuestra supervivencia individual, pero, ¿será esto cierto? ¿O, será posible que como seres humanos tengamos como característica instintiva la compasión que nos mueve a preocuparnos por los demás? Estas son preguntas ampliamente discutidas en diversos contextos de nuestra sociedad y cuya respuesta, dependiendo de cómo sea interpretada, ha venido creando paradigmas a cerca de nuestra naturaleza como seres humanos.

En general, vivimos en una sociedad que promueve a la competitividad, la individualidad y las luchas entre las personas, fomentando una mala interpretación de la selección natural de Darwin de la supervivencia del más fuerte. El entorno artificial existente en las grandes ciudades acompañado de avances tecnológicos, han venido favoreciendo esta competitividad, en gran parte fomentada por el sistema político-económico dominante. Esta sustitución por la supervivencia económica individual hace desaparecer el espíritu empático, cooperativo y altruista que nos debiera llevar, como sociedad, por un camino más natural.

¿Pero, qué es la empatía?

La empatía no es otra cosa sino la habilidad de estar en resonancia con los sentimientos de otra persona. Es la capacidad de identificar y comprender la situación del otro, poniéndonos “en sus zapatos” y ver las cosas ya no desde nuestra propia perspectiva, sino desde el punto de vista del otro. Ser empático nos proporciona información útil sobre cómo tratamos con las personas. La empatía es una característica extremadamente positiva de tener, ya que puede ayudar a crear mejores relaciones y un mundo más pacífico y armonioso.

Somos altruistas por naturaleza

El biólogo Frans De Waal en su libro “El tiempo de la empatía” nos muestra de qué modo surge la empatía y el altruismo en el ser humano y en los animales. Por ejemplo, se ha demostrado científicamente que el ser humano evolucionó en grupo, no individualmente como otras especies. En un próximo artículo, presentaré evidencias a partir del análisis de la conducta de grandes primates, como chimpancés, bonobos y monos capuchinos, así como de delfines y elefantes, que nos muestran que muchos animales se preocupan por sus congéneres y están dispuestos a acudir en ayuda de sus semejantes, en algunos casos arriesgando sus vidas. Así pues, la empatía sería un rasgo ancestral que caracteriza a animales y a hombres, lo cual contradice la sombría visión de la naturaleza humana propuesta por algunos (como señalaba el famoso psicólogo Sigmund Freud). 

Un cerebro empático y compasivo: ¿es algo predeterminado o puede desarrollarse?

Ahora bien, la evolución y el mundo natural nos muestran que la condición de empatía y altruismo hacia los otros es algo que hace parte de nuestra propia naturaleza, pero es innegable evidenciar a nuestro alrededor que algunas personas poseen una tendencia o capacidad mayor que otras para expresar y poner en práctica estos rasgos. Entonces, ¿será que estas habilidades son algo fijo predeterminado o podemos desarrollarlas y mejorarlas a lo largo de nuestras vidas?

Desde el punto de vista neuro-fisiológico, la empatí es la capacidad de estar en resonancia neural con los sentimientos de otra persona. Estudios realizados por el reconocido Instituto Max Planck, en Alemania, han mostrado que algunos de los procesos autónomos (inconscientes) de nuestro cuerpo sufren cambios cuando una persona “entra en resonancia” con otra. Ejemplo de ello es el hecho de que nuestras pupilas se dilatan y/o contraen, nuestra temperatura aumenta y el ritmo de nuestra respiración se ve alterado, entre varios otros.  La parte responsable del cerebro es llamada “gyrus supramarginal derecho”, y es una parte de la corteza cerebral que se encuentra aproximadamente en la unión del lóbulo parietal, temporal y frontal. Cuando esta región del cerebro no funciona adecuadamente, o cuando tenemos que tomar decisiones particularmente rápidas, nuestra capacidad empática y para la compasión se reducen drásticamente, según descubrieron los investigadores. Esta área del cerebro nos ayuda a distinguir nuestro propio estado emocional del de otras personas, desvelando algo insólito: que la empatía podría estar representada por estructuras cerebrales y poblaciones de células. Fantástico, ¿no?

Debido a que los circuitos neuronales de nuestro cerebro son maleables y pueden reconectarse mediante la neuroplasticidad, la tendencia de empatía y compasión no es fija. Todos debemos practicar “ponernos en los zapatos” de otra persona para reforzar las redes neuronales que nos permiten conectarnos de un modo positivo con los sentimientos y  circunstancias de los otros. Por suerte, estos descubrimientos nos proveen de una evidencia temprana de que la compasión es una habilidad que puede ser entrenada, en vez de un rasgo estable y predeterminado al nacer, como se pensaba antes. Esto podría ser aplicado en diversos aspectos donde sea necesario mejorar las relaciones y la comunicación, como por ejemplo en diferentes áreas como en el cuidado de la salud, la educación y los negocios. 

Entrenando nuestro cerebro: ¡tan fácil como sentarse, cerrar los ojos y meditar!

Diversos estudios en los campos de las neurociencias han demostrado que a través de técnicas de meditación podemos en realidad “entrenar” nuestra habilidad de sentir compasión y empatía por otros, como si fuese un músculo de nuestro cuerpo.  En este sentido, zonas de nuestro cerebro cambian cuando lo entrenamos para ser más compasivos a través de la meditación, y en consecuencia, la química de nuestro cerebro cambia activando áreas que antes no lo estaban.

No hay respuestas fáciles sobre cómo elevar la conciencia de las personas y su respuesta empática. Sin embargo, adoptando nuevos hábitos que muden las elecciones de mentalidad y comportamiento realizadas en el día a día, cualquiera puede reconectar su cerebro para ser más empático. 

Uno de estos hábitos que permiten entrenar la compasión es el entrenamiento riguroso de atención plena y la meditación de bondad amorosa. Esta práctica, aunque muy poderosa, es bien fácil de hacer. Todo lo que necesitas es tomarte unos minutos todos los días para sentarte tranquilo(a) y sistemáticamente enviar pensamientos cargados de amor, de bienestar y compasión a: 1) familiares y amigos; 2) alguien con quien tengas tensión o conflicto; 3) extraños y todos los seres vivos alrededor del mundo que puedan estar sufriendo. 4) conectar con el sentimiento de autocompasión, perdón y amor propio hacia si mismo. Hacer esta práctica simple de 4 pasos literalmente reconecta tu cerebro mediante la participación de conexiones neuronales vinculadas a la empatía. Podrás sentir que los vasos en tu cerebro cambian y se abren a la empatía al pasar solo unos minutos pasando por esta práctica sistemática de meditación.

Cuanta levedad y alegría da saber que podemos cada día mejorar nuestra capacidad de amar e interactuar positivamente con quienes nos rodean. Tú y yo somos el resultado de cuatro billones de años de exitosa evolución. ¡Actuemos como tales! 

Foto tomada por Roman Kraft, en Unsplash.

Práctica Local, Amor Global: una guía para Tiempos Líquidos

Kandinsky

Sobre mantener la cordura en tiempos de cambios. Parte III (parte I, parte II)

Cuando vivimos experiencias transformativas tales como un viaje importante, cambiarse de país, comenzar una nueva carrera profesional, ser padre/madre, enamorarse o desenamorarse, dejamos de ser “alguien”, el que éramos antes, y entramos en una nueva dimensión de nosotros que es desconocida y más expansiva que la anterior. Esta expansión es experimentada en varios niveles al mismo tiempo (nace tu bebé y tu casa no es la misma, la habitación vacía es ahora la habitación del bebé, descubres tu capacidad de nutrir y amar, tu paciencia, cuán buen apoyo es tu pareja – o no, etc.) y viene con esta nueva identidad tuya.

Cuando se trata de la práctica espiritual, la expansión más allá de nuestra identidad conocida también se presenta, y uno encuentra que experiencias de meditación profundas son descritas, por experimentados meditadores, con palabras como “suavidad”, “ligereza”, “paz indescriptible”, “vacío”, “centrado”, “expandido” en todos los casos. Es como si todos entraran al mismo espacio mental. Como si las experiencias profundas no fueran muy distintas entre una persona y otra. ¿Pero cómo es que dos personas diferentes tienen casi la misma experiencia interior mientras profundizan en la meditación? Uno puede decir que, enmarcándolo desde un punto de vista estructural, el “alguien” -el que medita- se vuelve “nadie” -el que experimenta todas las posibilidades en su interior sin identificarse- y porque es nadie, es todos al mismo tiempo.

Transformación -o cambio- está presente al nivel de nuestra vida mundana y también en nuestra vida espiritual. Muchas doctrinas espirituales enseñan sobre cómo uno se puede iluminar (un proceso transformativo cuyo objetivo es “ver” o “saber” las cosas como son) o cómo conocer tu verdadero ser (Atman), ser un santo (aquellos de nosotros que “están más perfectamente transformados en la imagen de Cristo” como define el Lumen Gentium Nº 50), cómo permanecer más cerca de Dios o “actuar de acuerdo a la Luz del Creador” como los Kabalistas explican, y así. Y ninguno de estos procesos ocurre sin experimentar una profunda transformación interior. 

Ya sea que estás cambiándote de país, experimentando una pérdida importante, enamorándote, en el camino de la santidad o realización espiritual, estás cambiando. Puristas pueden alzar una ceja en este punto pues estoy comparando el ser padre/madre o viajar con el camino de la realización espiritual, pero para mí ellos difieren en visibilidad (cuan material o visible es el proceso de transformación) y vocación (distinciones entre lo que es profano y sagrado son, usualmente, el lugar donde surjen problemas, y está, muchas veces, sesgado por la cultura – no trato de decir aquí que lo divino no es sagrado, sino que apunto a cierto cuidado que hay que tener en esto, especialmente en un mundo globalizado).  El “alguien”, el que es consciente de sí mismo hasta el egoísmo, cuando se convierte en padre/madre, es un “nadie”. Toda la atención pasa al bebé -y no puede ser de otra forma!- y todo lo que pasa alrededor de él. El buscador espiritual, el “alguien” que busca paz interior, sabiduría o a Dios, se vuelve “nadie” en una experiencia profunda de meditación, en la Santa Comunión o el momento de la Oración.

Nuestra conciencia y la realidad son una y la misma (chequea posts anteriores). Al entender todos los aspectos de nuestra vida como diferentes dimensiones de una sola cosa, al traer un núcleo, centro o espacio interior unificante en donde el “alguien” puede rendirse y convertirse en “nadie”, no nos sentiremos perdidos o faltos de punto de referencia – un sentimiento que surge a menudo cuando experimentamos cambio y transformación, especialmente en esta “modernidad líquida” como Bauman la llamó. Por el contrario, abrazaremos el cambio sin importar cuán incómodo sea, porque esa es la base de nuestra experiencia humana, eso es lo que todos nosotros (sin importar nuestras diferencias) experimentamos en la vida. Este entendimiento no solo trae sabiduría sino que también compasión  hacia todos los seres. Y al final del día eso cuenta porque estamos todos teniendo nuestras dosis de miedo, incertidumbre, pérdida, ganancia, juicio, realización y satisfacción, y merecemos un poco de paz entre todo eso.

Imagen: Composición 8 – Vasili Kandinsky https://www.guggenheim.org/artwork/artist/vasily-kandinsky/page/3