El impacto real de la paz interior. Parte III: cómo ser feliz de forma genuina

Acabábamos el post anterior con una pregunta retórica: de qué manera podemos solucionar la desigualdad medioambiental y social y hasta qué punto mi paz interior tiene algo que ver en este proceso.

Para ello hemos de volver al inicio de la reflexión y a los términos “necesidad” y “deseo”. La paz interior es sinónimo de felicidad, que el Diccionario de la Real Academia Española define como “estado de grata satisfacción espiritual y física”.

El problema no es ser feliz, ni nuestra felicidad ha de ser una amenaza para la integridad de terceros. El problema, radica más bien en el hecho de que escojamos fuentes de felicidad externas. “Cuando me compre un coche seré feliz”, “cuando vea a mi hermano seré feliz”, “cuando consiga un trabajo seré feliz”… ¿resulta familiar? Tendemos a buscar la felicidad fuera y lo que es peor –y más cruel hacia nosotros mismos- tendemos a postergar el estado de felicidad hasta que aquello que esta fuera llegue a nosotros. ¿Pero luego qué? Cuando conseguimos aquellas cosas, ¿hemos alcanzado un estado pleno de felicidad? ¿o solo un pequeño estadio de satisfacción pasajera? Generalmente, la respuesta común a todos, es la segunda. Y, como consecuencia, para generar más estadios de satisfacción (que equivocamos con pura felicidad), tendemos a querer más. Otro coche, cuando ve a mi hermano más a menudo, cuando este trabajo termine y logre uno mejor… haciendo girar así esa rueda de deseos cuyo alimento está fuera de nuestra capacidad y se extiende a los recursos de los demás.

¿Y si yo diferenciara bien entre necesitar un coche y desearlo? ¿Y si supiera ser honesto conmigo mismo y llegar a la conclusión de que no lo necesito sino que lo deseo? ¿Y si me comportara de forma respetuosa y optara por no satisfacer ese deseo innecesario? ¿Realmente cambiaría algo? Si… ¡tan solo es un coche y vida solo hay una!

Estas excusas son el denominador común de millones de habitantes en el mundo y es aquí donde llega la situación insostenible.

¿Cómo lograr entonces mi felicidad sin que ésta suponga la penuria de otros? O dicho de otro modo ¿cómo conseguir aplacar mis deseos y no frustrarme en el intento? ¿cómo conseguir ser feliz sin dar rienda suelta a mis caprichos? ¿Cómo conseguir que ser responsable y tener un modo de vida sostenible no me cueste mi alegría de vivir?

¿Has oído hablar de la meditación?

El impacto real de la paz interior. Parte II: la forma en la que los deseos individuales generan desigualdades sociales

Hablábamos en el anterior post de la necesidad de aprender la diferencia entre necesidades y deseos, porque satisfacer necesidades individuales no afecta a quienes nos rodean, mientras que satisfacer nuestros deseos sí puede afectarles. Pero, ¿de qué manera?

Volvamos al paralelismo entre la tarta de chocolate y el mundo con todos sus recursos. Bien sabido es que el mundo tiene recursos suficientes para cubrir las necesidades de todos sus habitantes. Igual de bien sabido es que cuando se trata de cubrir deseos, el mundo y sus recursos no dan tanto abasto. Del mismo modo que si repartimos una tarta de chocolate de forma equitativa entre un grupo de amigos, comeremos todos, mientras que si algunos de ellos desean comer más, acabaremos teniendo desigualdades.

Es decir, podemos concluir que los deseos personales de cada individuo, si se llevan a cabo, pueden llevarnos a situaciones en las que la necesidad de satisfacer nuestros deseos pasa por hacernos con los recursos de los demás.

Y he ahí donde llega la desigualdad a nivel medioambiental, cuando los recursos de los demás, dependen de los deseos de unos pocos. Puesto con un ejemplo, la desigualdad llega cuando mi deseo de renovar mi teléfono móvil cada año, hace que las minas de minerales que se usan para la fabricación de esta tecnología no den abasto, o cuando los bosques del Amazonas se deforestan para el uso de madera desproporcionado de otros países, y así un largo etcétera.

¿Y cuál es la consecuencia natural de la desigualdad medioambiental? La desigualdad social, no cabe duda. Cuando los recursos son divididos de forma inequitativa, damos lugar a la exclusión y a la pobreza.

¿Pero, cómo podríamos solucionar esto y de qué manera está relacionado con mi paz interior?

Hablaremos de ello en el siguiente post.

El impacto real de la paz interior. Parte I: la importancia de diferenciar entre deseos y necesidades

A menudo, cuando hablamos de paz interior, pensamos en relajarnos, en dejar ir el estrés, en tener un momento para nosotros mismos, en cultivar buenas costumbres… sin embargo, nos suele costar encontrar un sentido más profundo de los beneficios de la cultivación de la paz interior. Podemos entender que si conseguimos ser seres más pacíficos, conseguiremos también impactar más o menos a nuestro entorno de una forma positiva. Pero seguimos mostrándonos algo cínicos ante la posibilidad de aceptar que trabajar de esta manera en nosotros mismos pueda tener un impacto mayor a gran escala…

Hace unas semanas, un buen amigo (fundador de la organización Culture Clash que invita a los jóvenes a participar en la construcción de la paz) me invitó a la Casa de la Humanidad de La Haya, en Holanda, para facilitar una serie de reflexiones sobre la importancia de la paz interior durante el Día Internacional de la Paz.

La reflexión giró en torno a la relación entre la paz interior, la paz medioambiental y la paz social. Comenzamos preguntándonos y tratando de definir qué son cada uno de estos tipos de paz y tratando de encontrar de qué manera una impacta en la otra, comenzando por uno mismo y llegando a una escala global.

Para ponerlo de forma breve y sencilla: imaginemos que el mundo es una gran tarta de chocolate y que lo que cada persona busca a nivel individual en su vida, es poder comer un trozo de esa tarta porque eso le hace feliz. Sin embargo, muchas –quizá demasiadas- personas tratan de comerse un trozo más grande para así ser más feliz aún de lo que creen que pueden ser y por tanto, pasan a quitar algo de tarta a los demás. Como resultado, esta realidad en la que unos comen el trozo de tarta de otros, causa conflictos, llevándonos a pensar que la forma en la que uno hace crecer su felicidad, afecta directamente a la capacidad de otros de cultivar la suya.

Pero ¿qué es la felicidad? He ahí el quid de la cuestión. ¿En qué consiste la felicidad? ¿En satisfacer nuestras necesidades o en satisfacer nuestros deseos? ¿Sabemos diferenciar bien entre necesidades y deseos?

Aprender la diferencia entre necesidades y deseos es vital, a la hora de crecer como personas generosas o egoístas. Si deseamos identificarnos con la etiqueta de la generosidad, entonces deberemos aprender que la felicidad puede estar en los pequeños detalles de la vida como en tener necesidades que damos por sentado cubiertas -como tener un hogar, por ejemplo- evitando así hacer que nuestra felicidad radique en otros detalles no tan básicos –los deseos-. ¿Pero por qué? ¿Por qué mis deseos pueden afectar a los demás?

Piensa tú mismo y seguiremos hablando de ello en el siguiente post…

 

Aprendiendo de las necesidades reales de las personas en la vida

Hace unos años escribí en este mismo blog sobre la compasión y la empatía. Me acordé hace poco pues volví a pasar caminando por la Cocina Económica de mi ciudad natal, lugar que me inspiró para escribir sobre el tema.

Comparto hoy, varios años después, la misma reflexión.

Nací a final de los años ochenta y mientras me criaba en los 90, recuerdo el crecimiento de las tecnologías de la información y la comunicación a mi alrededor. Pasamos de no tener teléfono a tenerlo, de tener un teléfono con cable a tenerlo inalámbrico, de escribir notas a mano a mandar faxes, de redactar en máquinas de escribir a comprar ordenadores, de computadoras de sobremesa a portátiles, de enciclopedias de papel a internet y así un largo etcétera.

Era yo adolescente cuando los teléfonos móviles empezaban a llegar a nuestro mercado y pronto, todos los jóvenes empezaban a dejarse ver con uno. Naturalmente, como yo no quería ser menos que el resto de los niños de la escuela, también les pedí a mis padres que me compraran un teléfono móvil, y, por supuesto, dijeron que no.

Pero tras varios meses observando a mis amigos juguetear con aquellos aparatos (que de aquella solo permitían llamar y mandar mensajes de texto), sucumbí a la tentación y decidí comprar uno yo misma por Navidad. La felicidad fue instantánea, al igual que el miedo en pensar en la reacción de mis padres.

¡Y qué reacción!

Me hicieron pasar el día de Navidad en aquella Cocina Económica de mi ciudad, que recientemente volví a ver al salir a pasear. Y dijeron: “ahora aprenderás cuáles son las necesidades reales de tantísimas personas en la vida, y verás que tener un teléfono móvil no es una de ellas”.

Aquella fue una lección dolorosa, pero cambió mi vida. Servir la comida a personas sin hogar me ayudó a desarrollar mi sentido de la empatía y la compasión hacia los demás.

Y tú, ¿has tenido alguna lección inesperada en la vida que te ha ayudado a abrir los ojos hacia un nuevo yo?

La importancia de cambiar narrativas

Hace unas semanas tuve el placer de facilitar un foro organizado por UNOY Peacebuilders, una red a la que World Peace Initiative y Peace Revolution pertenecen y que se dedica a englobar organizaciones formadas por jóvenes y para jóvenes, con el objetivo de trabajar en el activismo de la paz.

Se trata de un foro que se organiza cada año en torno a una temática diferente y que reúne en torno a medio centenar de activistas de todo el mundo que vienen en representación de organizaciones que forman parte, o no, de la red UNOY.

Este año la temática era en torno a las narrativas y la importancia de cambiarlas. Es decir, tratamos de hacer que los participantes fueran más conscientes de las narrativas que dan forma a su vida y a su forma de entender a los demás, para que así comprendieran el peligro que éstas pueden suponer a la hora de generar ideas preconcebidas sobre terceros y el obstáculo que pueden suponer, por tanto, en la generación de conflictos, o en la incapacidad de aplicar soluciones a los conflictos ya existentes.

Todo el foro giró en torno a ejercicios, reflexiones, debates, conversaciones… que ayudaran no solo a crear una consciencia colectiva sobre este tema, sino que también motivaron a los participantes a buscar cuáles son las nuevas narrativas que desean instaurar en su entorno y pensar en proyectos que puedan ayudarles a extender estas nuevas ideas.

Uno de los ejercicios de reflexión que se hicieron, incluían el visionado de un TED talk de Chimamanda Adichie, escritora, novelista y dramaturga feminista nigeriana, que habla sobre el peligro de lo que ella llama “la historia única”, o lo que es lo mismo, el tener una sola versión sobre un acontecimiento que atañe a más de una persona.

Así, fijando nuestra atención en una única versión de una historia, es como creamos estereotipos, como juzgamos a otras personas, como somos incapaces de tratar de entender al otro, como no conseguimos resolver conflictos…

Aquel fue un ejercicio de reflexión interesante, pues me hizo pensar en algunos conflictos en los que me he visto envuelta y donde hace tiempo ya, aprendí gracias a la meditación, a verlos de otra manera. Bien es sabido que con la práctica de la meditación trabajamos la empatía; aprendemos más sobre nuestras emociones, con lo que entendemos mejor las de los demás. ¿No es acaso eso lo que necesitamos hacer para comprender “al otro”? Para entender de dónde viene, por qué se siente de la forma en la que dice sentirse, por qué actúa como actúa… ¿No se trata acaso de un entendimiento base para acercar posturas y tratar de encontrar la solución a los problemas que causamos y que son origen de separación en primer lugar? 

¿Y tú? ¿Puedes reflexionar sobre los conflictos que te rodean? ¿Puedes pensar en cómo trabajar tu empatía para comprender al otro y dejar ir las injustas narrativas que bloquean tu capacidad de resolverlos?

Cómo atraer energía de paz a tu vida

Me llevó muchos años encontrar las palabras para definir el estado de felicidad. Creía saber lo que era la felicidad, o quizá lo sabía por descarte por todas las ocasiones en las que no sentía esa sensación de plenitud. Pero quizá no entendí el verdadero significado hasta que empecé a meditar y no solo aprendí lo que era la paz interior y cómo generarla para mí misma, si no que empecé a saborear sus mieles y a comprender, por tanto, su importancia.

Fue cuando empecé a meditar, decía, cuando me di cuenta de que la felicidad era sinónimo de paz. De que ser feliz era en realidad estar en paz y de que cuando me sentía en paz, tenía la mayor sensación de felicidad al margen de cuál fuera la situación. Y así fue como empecé a valorar los pequeños momentos de felicidad y paz que tenía en mi vida, en contraposición con las grandes metas y vivencias que uno se supone que ha de tener para sentirse feliz.

A través de la práctica de la meditación, aprendí a vivir de una forma más mindful. Y así fue como esclarecí cuáles eran los pasos que me funcionaba poner en práctica para atraer la paz a mi día a día y con ello sentir una profunda felicidad. ¿Y qué mejor que pequeñas dosis de felicidad a diario?

  • Empezar el día meditando: sí, da pereza; sí, siempre tenemos muchas cosas que hacer… pero merece MUCHO la pena. Aplicar cierta disciplina y voluntad para sobreponernos a la frustración que nos puede generar establecer un nuevo hábito de vida es la forma de conseguirlo… y ¡no es para tanto! Luego, ya no supe dejar la práctica. Empezar todas las mañanas sonriendo ¿quién prefiere lo contrario?
  • Dejar ir la sensación de necesitar estar en control: sentir que necesitamos estar en control de absolutamente todo lo que rodea nuestra vida es una sensación común para encontrar seguridad. Sin embargo, con ella sobrecargamos nuestras capacidades hasta que acabamos prefiriendo no estar al cargo ¿cuántas veces no habremos disfrutado más de la simpleza? Dejar de pensar en el pasado y en el futuro, pues el uno no se puede cambiar y el otro no existe aún; y, disfrutar de la ligereza del no saber estar -ni querer estar- siempre al mando de todo es, sencillamente, maravilloso.
  • Aprender a ver el aspecto positivo de cada situación: muy a menudo tendemos a magnificar nuestros problemas y centrarnos mucho en ellos hasta hacerlos epicentro de nuestras vidas. En cambio, en muy pocas ocasiones prestamos esa atención a las buenas noticias que nos rodean. Hacer el ejercicio consciente de ver la positividad en cada situación es magnífico y gratificante.
  • Tratar a los demás de la misma manera en la que me gustaría que me trataran a mí: hubo una gran parte de mi vida en la que ni me fijaba quien pasaba a mi alrededor. Según aprendí a ser más consciente de mi propia existencia, empecé a serlo de la de los demás y empecé a sentir curiosidad por cuáles serían las circunstancias de vida de cada persona. Así, empecé a desarrollar cierta empatía que me ayudó no solo a tratar mejor a aquellos que no conocí sino también a aquellos con quienes no había logrado tener una buena relación. Aprendí que sembrar lo que uno quiere para sí mismo, es importante y empecé a disfrutar horrores de pequeños detalles como sonreír a los demás aunque aparentemente no hubiera una razón para ello. ¡Ser amable es gratuito y sienta bien a ambas partes!

Así fue como aprendí que la vida se puede vivir en dos estados: en paz o en resistencia. Y que yo prefería vivirla en paz y poner en práctica pequeños pasos que me ayudaran a conquistarla de forma diaria.

¿Cuáles son los pasos que te funcionan a ti? ¿Crees que algunos de esos se asemejan a ti y que podrías ponerlos en práctica? Sea como fuere, ¡no te demores en encontrar la forma de vida que te atraiga paz interna, porque será la forma en la que consigas llegar a ser feliz!

Manifestaciones pacíficas

¿Cómo conseguir los objetivos que queremos a través de manifestaciones pacíficas logrando así entrenar y poner en manifiesto un tipo de activismo no violento? Mi relación con la meditación no comenzó hasta estar yo bien entrada en la década de los veinte. No obstante, cuando empecé a practicarla me di cuenta que algunas sensaciones que experimentaba y beneficios que empezaba a palpar, me retrotraían a sensaciones que había tenido anteriormente durante mi infancia, sobre todo en cuanto a la sensación de paz interior que invadía mi mente al meditar y la certeza de saber que emanaba a través de mi esa energía positiva hacia quienes me rodeaban.

En una ocasión recordé un momento exacto de mi infancia que se me quedó grabado en mi memoria. Me crié en una zona conflictiva de España, asediada por una nacionalismo atroz, castigada por el terrorismo y terriblemente herida por los conflictos sociales que escalaban por esta problemática. En este contexto, mi madre siempre fue un referente en mi forma de asimilar y confrontar esta problemática. Ella me educó en el activismo y me enseñó a reivindicar nuestros derechos, a usar mi libertad para alzar mi voz en contra de las injusticias que empobrecían nuestra forma de vida. Desde que tengo uso de razón me inculcó la vena activista llevándome a toda clase de manifestaciones, reivindicaciones, charlas y demás eventos.

Recuerdo que en más de una ocasión pasé miedo; miedo por ser reconocida por otros, miedo por ser criticada por el activismo que llevábamos a cabo, miedo por ser identificada de manera equivocada con etiquetas que no me definían… pero de alguna manera siempre apoyé en mi fuero interno la faceta activista que mi madre desarrolló y trató de inculcar en mí. Tengo sin embargo bastante vivo el recuerdo sobre una manifestación en particular donde el miedo que sentí fue por primera vez otro; el de mi integridad física. Si bien mi madre siempre había huido de la violencia y había tratado de escapar de todo contexto donde se palpara la escala de la misma, una vez nos vimos involucradas en una manifestación ilegal que tanto la policía como los manifestantes contrarios a nuestros ideales intentaron reventar varias veces. Íbamos al final de la manifestación, extremo que perseguían ambos bandos. En medio del alboroto y de la confusión, de repente todos los manifestantes empezaron a darse la vuelta y a encarar a aquellos que nos perseguían, de modo que de pronto pareció que estuviéramos encabezando una nueva marcha. El caos empezó a ser mayor, los ánimos a crisparse y el ambiente a caldearse. Recuerdo a mi madre agarrándome fuerte de la mano y a mí percibiendo sus dudas sobre si sería correcto marcharnos en aquel momento o quedarnos. Y de pronto empezamos a ver que las personas a nuestro alrededor empezaban a sentarse, dejaban de gritar y comenzaban a acomodarse en el suelo en silencio. Mi madre hizo lo propio y me invitó a sentarme con ella. Fue un momento ciertamente surrealista, pues pasamos del alboroto y el ruido a la quietud y el más puro silencio. Nunca supimos de qué manera empezó, quiénes tuvieron la visión, quién se sentó primero, por qué los demás le siguieron. Pero cuando el instinto era huir o como poco enfrentar, la respuesta fue mostrar calma.

Aquel día fue una lección que llevaré conmigo siempre. Aprendí que el activismo no lo es menos por no sucumbir a la violencia, y que precisamente, todo lo contrario, el silencio, la concentración y la quietud, cuando se hacen en masa, pueden tener una repercusión inmensa.

Fuente de foto: http://religionandtechnology.com/

 

 

Cómo cultivar el mindfulness

Minfulness se ha convertido un término de moda de un tiempo a esta parte. Sin embargo, en muchas ocasiones se malinterpreta y desconoce su verdadero significado, más aún cuando se aplica en el contexto de la meditación.

Hay estados mentales, sensaciones o sentimientos que en ocasiones son difíciles de describir, y que algunas lenguas han tenido la capacidad de recoger en un solo término. Este es probablemente el caso de mindful, que, quizá por su afilada certeza en describir un estado mental, se ha adoptado con naturalidad en nuestro propio idioma.

El diccionario define el sustantivo mindfulness con tres sinónimos: attentive, aware, careful; o lo que es lo mismo, atento, consciente, cuidadoso. La acción de practicar el mindfulness convierte a una persona en mindful. Y he aquí una curiosidad; bajo la misma pronunciación se pueden entender dos palabras diferentes, con un significado exactamente opuesto y cuya diferencia cobra aún más sentido simbólico si hablamos de su aplicación literal en el contexto del estudio de la mente… Ambas palabras se diferencian tan solo por una consonante: mindful o mindfull. Lo que en castellano serían, tener o poner atención plena en cada cosa que se hace, y tener la mente llena, respectivamente.

[Fuente: https://peacerevolution.net/]

¿Cuál es la diferencia?

Pasamos media vida con la mente anclada en el pasado y en el futuro. Pensamos en el pasado lejano lamentándonos por cosas que hicimos y evocando recuerdos de vivencias que nos gustaría repetir, a la vez que estamos pendientes del pasado inmediato constantemente ¿dónde dejé las llaves? ¿cerré la puerta del coche? Lo mismo ocurre con el futuro; nos recreamos en imaginar situaciones futuras a la vez que necesitamos pensar en el futuro inmediato para nuestra toma de decisiones inmediatas; ¿qué comeré? ¿llamaré hoy a tal persona o mejor mañana? En definitiva, llenamos nuestra mente de pensamientos, y nos convertimos en mindfull, en mentes llenas.

Estar con la mente en el pasado y el futuro conlleva a que le reste poco espacio para concentrarse en la situación actual, la que estamos viviendo aquí y ahora, en definitiva, al único momento que verdaderamente nos pertenece y sobre el que realmente tenemos control. De este modo, pasamos a meter esta realidad, muchas veces cargada de rutina, en el saco de lo mundano, de aquello que se hace sin pensar, pasando así también a vivir de un modo en el que la multitarea no solo se premia sino que se motiva intencionadamente… ¿por qué no iría yo a aprovechar a leer los últimos titulares en mi teléfono mientras me preparo un vaso de café y me lo bebo como desayuno?

Como consecuencia, vivimos una vida a la que nosotros mismos le restamos interés. Algunos, para recuperar la plenitud, se someten a experiencias extremas, “vivir la vida a tope”. Otros, buscan todo lo contrario; ser mindful, o lo que es lo mismo, poner atención plena en todo lo que hacen, sin importar cuán de mundano y rutinario parezca, para conseguir la misma sensación: ESTAR VIVIENDO LA VIDA CON PLENITUD, CON CONSCIENCIA aprendiendo así a disfrutar de ella en cada momento.

¿Por qué no iba a ser un disfrute preparar el desayuno de cada mañana, oliendo el aroma que desprenden los granos de café al ser molidos, escuchando el sonido de del agua ebullendo borbotones de café, preparando la mezcla perfecta de ingredientes en una taza, paladeando los primeros sorbos…? Ser capaces de disfrutar de algo así requiere entrenar la mente para estar concentrada en una única cosa. Pero lo que es mejor, esta consciencia de los pequeños detalles, acaba por atraer GRATITUD. Gratitud por un día más, por una mañana más, por un desayuno más… ¿o es que acaso tenemos la garantía de que el café de la víspera no fuera a ser el último?

Vivir la vida de forma mindful o con atención plena son el resultado lógico de la práctica de la meditación. Con ella, aprendemos a parar la mente, a llevarla a un estado de quietud, a observar y a ser neutrales. Y, lo que es más importante, con este descanso mental atraemos un profundo bienestar, una fuente inagotable de positivismo.

¿Y tú? ¿Quieres ser mindfull o mindful?

Los beneficios de la meditación en las relaciones sociales

A menudo, cuando se habla de los beneficios de la meditación, aquellos que no han meditado nunca pueden percibir que esta práctica se vende como una panacea, como el remedio para todos los males, algo demasiado bueno para ser cierto y sobre todo, con aparente aplicación a todos los aspectos de la vida.

Yo misma, aunque soy una persona que tiende a entusiasmarse al comienzo con cualquier nuevo descubrimiento o reto, así lo creí. No obstante, también soy una persona que tiende a abandonar enseguida aquellas prácticas que siento no me aportan lo suficiente. La meditación no necesita de una fe ciega al comienzo de su práctica, sabiendo que tarde o temprano se notarán los beneficios y que así empezaremos a palpar las razones reales de por qué seguir meditando, y por tanto sentir la motivación para meditar. Al contrario, es un ejercicio relativamente fácil cuyos beneficios se comienzan a sentir bastante temprano. Y sí, todos ellos están relacionados ¿cómo no va a estar relacionado el beneficio de mi paz mental con el beneficio de mi salud, o el beneficio de entender mejor a los demás, o el beneficio de ser más paciente…? Por tanto, sí, la meditación puede ser aplicable a muchos (si no todos) los sentidos y aspectos de la vida.

Probablemente esto fue para mí más patente en cuanto a mis relaciones. Cuando comencé a meditar allá por 2013 ¡cinco años ya! Practicar meditación me aportó pronto el beneficio de la consciencia; de ser más consciente sobre todos los aspectos de mi vida, empezando por mí misma, por conocerme mejor, observar mis cambios y tratar de reflexionar desde un punto de vista distante sobre el por qué de mis comportamientos. Esto me ayudó a desarrollar una empatía profunda por mí misma, una sensación de comprensión mayor que me permitió corregir hábitos de comportamiento a la vez que abrazaba mi propia naturaleza. Pronto, este sosiego fue trasladándose a mi forma de percibir a terceras personas. Comencé a escuchar y comprender más a la vez que procuraba juzgar y distanciar menos.

No cabe duda de que somos seres sociables y de que a lo largo de nuestra vida nos relacionamos con muchas personas en una infinidad de diversas situaciones. A veces se escoge con quién, cómo, cuándo, dónde y por qué, pero en otras muchas ocasiones debemos lidiar con situaciones que nos vienen dadas, donde tratar con terceros puede resultar convertirse en un reto. Partir de la comprensión y la empatía fue un cambio radical en mi forma de relacionarme y sobre todo, y más importante aún, en la forma en la que dichas relaciones y los sentimientos que me generaban afectaban mi salud mental.

[Foto Fuente: http://www.expansion.com/]

 

Buscando espacio para la creatividad

“Todos tenemos talento, si sabemos descubrirlo”

Ken Robinson

A menudo cuando se habla de creatividad, la mayoría de la gente cree que esta es un don con el que se nace, o como mucho, una cualidad que se puede ejercitar, pero solo por parte de aquellas personas que se dedican de algún modo a crear cosas, es decir, los artistas. Sin embargo, la creatividad forma parte de la vida cotidiana de cualquier persona de muchas maneras.

La creatividad es una cualidad de la mente que permite pensar nuevas ideas, pero no necesariamente ideas artísticas, sino todo tipo de ideas, como aquellas que pueden aportar soluciones a diferentes problemáticas mundanas y afrontar retos, por ejemplo. Es decir, la creatividad la puede desarrollar cualquiera y para cualquier ámbito:

En realidad, vivimos en un mundo imaginario donde todo es producto de la idea que alguien tuvo anteriormente. Todos tenemos esta capacidad, pero hemos de desarrollarla. ¿Cómo? He aquí la respuesta ofrecida por Ken Robinson, experto en desarrollo de la creatividad, a Eduard Punset: la creatividad necesita de cuatro ingredientes: en primer lugar, encontrar el elemento de uno, aquello que le hace feliz; en segundo lugar, tener pasión por esa práctica; en tercer lugar, ser disciplinado en la misma; y, en cuarto y último lugar, ser arriesgado y lanzarse adelante con los proyectos relacionados a ésta aún cuando fallen.

La mente necesita de espacio para sacar nuevas ideas adelante, de la misma manera que necesitamos pararnos y concentrarnos en pensar cuando tratamos de recordar dónde dejamos apoyadas las llaves. Ahora mismo, si nos dieran un papel garabateado entero y nos pidieran que en él escribiéramos nuestro nombre ¿qué haríamos? ¿escribirlo sobre los garabatos? ¿tratar de encontrar un hueco pequeño libre de tinta para hacerlo? ¿o dar la vuelta al papel para escribir nuestro nombre sobre superficie vacía? Quien opte por la última opción no solo demuestra ser creativo sino que explica en sí mismo el ejercicio que se ha de hacer para serlo. La mente necesita de espacio para ser creativa de la misma manera que nosotros necesitamos de espacio en un papel para escribir nuestro nombre, y el espacio mental lo puede aportar la meditación.

[Foto Fuente: http://www.marielo.es/]